La dignidad humana ante los desafíos de la inteligencia artificial
La encíclica Magnifica humanitas y el documento Quo vadis, humanitas? ofrecen una reflexión sobre la condición humana ante la inteligencia artificial. La cuestión central no es solo qué pueden hacer las máquinas, sino cómo crecer juntos en humanidad.
Estamos situados al comienzo del siglo XXI y en el contexto del Concilio Vaticano II. Nunca podemos pensarnos ajenos o distantes a nuestro tiempo y a nuestra Iglesia. Los dos documentos que queremos poner en diálogo, Magnifica humanitas y Quo vadis, humanitas?, hablan de la humanidad. Se insertan en la senda abierta por la constitución pastoral Gaudium et spes, que contempla la vocación integral del ser humano, la comunidad y la actividad humana en el mundo.
La Iglesia habla de Jesucristo y, desde él, habla de los seres humanos que formamos la humanidad en la historia. No se trata de una humanidad abstracta, sino de personas y pueblos que compartimos una misma familia humana. Esta perspectiva es fundamental para afrontar los desafíos contemporáneos de la inteligencia artificial.
La técnica al servicio de la persona
Magnifica humanitas, la encíclica del papa León XIV, tiene por tema la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. No es un documento científico o técnico que pretenda explicar qué es la inteligencia artificial. Habla, más bien, de nuestra relación con este instrumento creativo y fenomenal: de cómo lo usamos y de cómo nos afecta.
Los instrumentos de la civilización, la técnica, han de estar sometidos a la conducta humana, a la ética. Juan Pablo II hablaba del primado de la persona sobre las cosas y de la ética sobre la técnica. El primado de la ética sobre la técnica es el discernimiento de aquello que contribuye a una vida y a una sociedad más humanas.
Los últimos documentos de doctrina social afrontan temas muy actuales. Francisco abordó la cuestión ecológica y León se ocupa de la inteligencia artificial. Los signos de los tiempos deben ser discernidos a la luz de la Palabra de Dios y se convierten en desafíos para la misión evangelizadora de la Iglesia. La doctrina social no es una doctrina cerrada, sino un pensamiento dinámico, atento a los nuevos asuntos, inspirado en el Evangelio y en un discernimiento permanente.
Magnifica humanitas no es una agenda técnica: es un documento de doctrina social. La inteligencia artificial expresa la capacidad creadora de la persona humana, porque somos los seres humanos quienes la creamos. La encíclica no se llama «magnífica inteligencia», sino «humanidad magnífica». Lo magnífico es ser humano: no solamente por nuestra capacidad productiva o creativa, sino por la convivencia social.
¿Hacia dónde va la humanidad?
Quo vadis, humanitas?, elaborado por la Comisión Teológica Internacional, se pregunta por el camino de la familia humana. En la Comisión hemos trabajado sobre el desarrollo humano, los desafíos de la inteligencia artificial y el debate entre humanismo y posthumanismo. ¿La inteligencia artificial nos hace más humanos? ¿Nos vuelve posthumanos? ¿Dejamos de ser humanos para convertirnos en algo «más que humano»?
Son preguntas que no podemos eludir. Algunas promesas de la inteligencia artificial anuncian un umbral superior de la humanidad, como si pudiéramos relativizar nuestra condición humana. Sin embargo, ser más humanos no depende solamente de los recursos económicos o tecnológicos que tengamos, aunque debamos utilizarlos. La máquina tiene que seguir nuestras pistas; no somos nosotros quienes debemos adoptar los rasgos de la máquina.
La inteligencia artificial y otros productos de la técnica nacen de nuestra capacidad creadora. Y trasladamos a lo que creamos algo de nuestra ambigüedad. Los avances tecnológicos pueden ser fascinantes, pero también tremendos, porque están dotados de un gran poder. Por eso es necesario un discernimiento guiado por valores que trasciendan a la propia tecnología: el bien común, la solidaridad, la justicia social, la fraternidad universal y el desarrollo humano integral.
Verdad, libertad y trabajo
Custodiar lo humano en medio de estas transformaciones significa atender a tres cuestiones decisivas: la verdad, la libertad y el trabajo. La verdad, porque puede haber mucha falsedad y mentira. La libertad, porque pueden surgir nuevas formas de control y dependencia. El trabajo, porque muchas personas pueden quedar desempleadas y debemos garantizar la dignidad del ser humano que trabaja.
La dignidad del trabajo no viene solamente del trabajo, sino del ser humano que trabaja. Todos vamos a ser afectados por la inteligencia artificial, desde quienes realizan tareas de servicio hasta los profesionales que estudiaron durante años una carrera universitaria. Sus consecuencias no están completamente definidas ni predeterminadas: no todo será necesariamente mejor o peor. Es una convocatoria para ejercer nuestra libertad humana responsable y a preguntarnos cómo somos y cómo queremos ser.
La inteligencia artificial tiene dimensiones científicas, psicológicas, comunicacionales, cognitivas, económicas y políticas. Es un tema que deberán pensar los académicos, los padres y los maestros. ¿Qué significa que un niño atraviese la escuela y buena parte de su vida en interacción con estos sistemas? La cuestión educativa no puede separarse de la pregunta por la persona humana.
No ser arquitectos de Babel
Dos imágenes bíblicas permiten comprender el sentido social de este discernimiento: Babel y Jerusalén. Babel representa un proyecto nacido del orgullo de una humanidad que se cree capaz de conquistarlo todo y termina en la confusión de los lenguajes. Jerusalén, en cambio, evoca la ciudad de Dios entre los seres humanos y una convivencia abierta a la comunión.
La figura elegida no es la de una persona aislada frente a una pantalla. Es la convivencia humana que forma pueblos y ciudades. Se trata de evitar que la inteligencia artificial nos convierta en una Babel con efectos deshumanizantes y de procurar que nos ayude a construir una comunidad donde podamos comprendernos y encontrarnos. No ser arquitectos de Babel, sino constructores de comunión.
En este horizonte, la encíclica contrapone la cultura del poder y la civilización del amor. El poder abre nuevas posibilidades, pero también puede producir daño de una manera más rápida y extendida. Frente a una cultura del mero poder, el cristianismo propone no el amor al poder, sino el poder del amor: construir la paz en la justicia, mirar la realidad desde el lado de las víctimas y asumir una responsabilidad compartida.
Un humanismo trascendente, integral y solidario
El cristianismo nos recuerda que no somos inteligencia solamente. La persona comprende también su dimensión espiritual, su voluntad libre, su capacidad de afecto y toda su dimensión corporal y relacional. Estamos llamados a un humanismo trascendente, integral y solidario: trascendente, porque no alcanzamos la plenitud solamente por nuestras fuerzas; integral, porque comprende a todo el ser humano; y solidario, porque abarca a todos los seres humanos en sus relaciones.
En la Biblia, el corazón designa el núcleo más profundo de la persona, de donde brotan sentimientos, pensamientos y decisiones. No expresa solamente la vida afectiva, sino la profundidad de nuestro conocimiento y de nuestra libertad. Por eso, cuando hablamos de inteligencia artificial, también debemos preguntarnos por el corazón y por nuestros límites.
El cristianismo es Cristo, el Dios hecho humano, y por eso es una fuerza de humanización que se manifiesta, sobre todo, en aquello que obramos con amor. El gesto compasivo ante otro ser humano muestra la riqueza humana de quien lo realiza. La cuestión de fondo no consiste en adquirir un poder ilimitado, sino en aprender a custodiar lo humano y a crecer juntos en humanidad.
